FORTALEZA Y CONFIANZA

¡Hola! Hace varios días, se me antojan semanas, que no he sentido el impulso de sentarme al teclado y hablar con la pantalla, en esta suerte de reflexión en voz alta que supone un intento de sanar el espíritu verbalizando los miedos y, sobre todo, la incertidumbre y la eterna duda.

A lo largo de estas semanas el ánimo general ha ido girando desde el golpe inicial duro, durísimo, a la progresiva comprensión de un cambio radical de nuestro modus vivendi, que las listas diarias de contagios y muertes nos ha conducido.

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¿DÓNDE ESTÁS SEÑOR?

Vivir la fe en tiempos de pandemia.

La gran obertura de la pasión nos sitúa ante el misterio del dolor, como experiencia vital del ser humano. Jesús en Getsemaní preguntaba a su Padre: ¿es posible que pase el cáliz que he de beber? ¿Es necesario todo esto? Ante la ausencia de respuesta Jesús sigue adelante para que se cumpla la voluntad divina, ¡si es que lo que está por acontecer es voluntad de Dios!; unos acontecimientos que finalizarán con un epílogo estremecedor, cuando ya en la cruz el mismo Cristo gritó Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?, más el silencio de Dios continuaba. Situación dramática que la película La pasión de Cristo de Mel Gibson ha solucionado con esa lágrima que el cielo derrama, signo de que Dios aparentemente en silencio sigue el discurrir de los acontecimientos. Se trataba de una ausencia supuesta y conmovedora, que ponía a prueba al mismo Hijo de Dios, pero el designio de salvación universal había sido cumplido, aunque un fin tan determinante para la humanidad nunca justificará la condena de un inocente.

La situación de dolor e incertidumbre que la pandemia del coronavirus ha generado en estos días, que han coincidido en su pico máximo con la semana santa, puede tener también como fondo esta misma pregunta ¿es necesario todo esto?¿por qué el silencio de Dios?¿dónde encontrar respuesta ante la noche oscura que azota a la humanidad?

¿Es necesario todo esto?

La experiencia del dolor en la vida del ser humano es axiomática, en mayor o menor grado todos pasamos por momentos que en algunos casos pueden poner a prueba nuestras vidas. Dicho aserto es innegable pero ¿necesario?, tendremos que decir que no; aunque junto con ello hemos de reconocer que el dolor marca nuestra travesía vital desde el nacimiento hasta los momentos finales. Esta realidad tiene que hacernos extremadamente humildes puesto que somos seres muy frágiles. Y prueba de ello es que la seguridad positiva de nuestra sociedad, está en estos momentos siendo puesta en cuestión, el hombre se había creído dueño y señor de la naturaleza, había pensado que podía manejar a su antojo el universo, se había alejado de su condición de criatura usurpando el lugar del Creador, pero la realidad que es pertinaz una vez más nos da a conocer que dicho cambio de papeles lleva a un caos notable en las relaciones entre los seres humanos, donde criterios muchas veces egoístas y de poder pasan a administrar la existencia de las sociedades.

El ensimismamiento que vivimos nos lleva a defender como referente de la verdad nuestros propios criterios, situando todo en una esfera cerrada donde el juicio de la verdad somos nosotros mismos, sin necesidad alguna de descubrir la ley eterna como ordenación que Dios proporcionó hacia el bien al mundo, al universo y a la sociedad, instituyendo una realidad que está fuera del alcance de la razón pero no es ni puede ser contraria a ella. Hemos relegado la ley natural que responde a los designios del Creador sobre sus criaturas, con su propia dinámica de actuación en libertad pero con un referente último, el Dador de la vida.

Lo más fácil será que muchos pregunten en estos momentos: ¿dónde está Dios? y que de alguna manera ironicen tomando las palabras del salmo “Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto”[1]. Es el arma arrojadiza del no creyente, que una vez más puede ser lanzada contra el cristiano ante el misterio de iniquidad que nos rodea. Aunque la pregunta a hacerse no es sobre la ausencia de Dios, sobre si Dios está o no, más bien el hombre habría de preguntarse dónde está él, qué busca, cuáles son sus horizontes, qué hace con una creación que ha puesto el Creador en sus manos para que la “domine” pero que ahora se vuelve contra él, ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos[2]. La torre de Babel creada ahora se desploma y son las sociedades más desarrolladas las que en primer lugar y con más mordacidad están sufriendo el azote de la pandemia, aunque por desgracia en un orbe globalizado los pobres sufrirán también los excesos de los ricos.

¿Por qué el silencio de Dios?

Ante la situación inexplicable que nos hostiga el cristiano corre el peligro de asumir el papel de Pedro el apóstol, en aquella travesía por el mar de Galilea: ¡sálvanos Señor que perecemos!, donde parece que Jesús duerme. El silencio de Dios nos aterroriza y nos hace poner a prueba la firmeza de nuestra fe, ¿dónde estás Señor? “viendo la violencia del viento, [a Pedro] le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: ¡Señor, sálvame!”[3]. El silencio de Dios es una experiencia muy dura en el camino de la fe, grandes ejemplos como el de Sta. Teresa de Calcuta podemos recoger en nuestra tradición cristiana, ella que siempre se supo unida a Dios durante largos años no sentía su presencia. De la misma manera es conocida la experiencia de Sta. Teresa de Lisieux, que sufrió una prueba de este tipo durante su enfermedad final, con dudas acerca de lo que le esperaba después de la muerte.

Cuando los acontecimientos nos ponen a prueba es la misma fe la que puede sentirse declinar, unos hechos que buscan un porqué, una explicación necesaria que el creyente puede encontrar en Dios. Porque Jesús no está ausente en la barca que parece naufragar, él está junto a sus discípulos, corre la misma suerte que ellos y estos descubren una vez más que solo junto al Maestro tienen todas las posibilidades de escapar de la tempestad y llegar a buen puerto, como así ocurrió. Dios guarda silencio porque no quiere abrumar al ser humano con su omnipresencia, lo ha creado libre y el hombre en su libertad ha de saberse autónomo de todos los condicionantes pero al final dependiente de su Creador. Seguro en su albedrío pero nunca ocupando el lugar del Autor de todo, operando en la creación que ha de dominar pero respetándola evitando la violencia continua contra las criaturas: la vida del ser humano, los ríos, los bosques, el aire y la atmósfera, el mar, los animales… sufren continuamente una falta de respeto propiciado por unos intereses positivistas, olvidándose de que como el hombre son creación de Dios, san Juan Pablo II llegó a decir que las criaturas gozaban del aliento vital de Dios. La libertad con la que ha sido creado el hombre no tiene origen en sí mismo, le viene de fuera, es un don de Dios que ha querido crearle autónomo, en un mundo que se rige por sus propias leyes donde en última instancia ha de saberse débil y desconocedor de los designios divinos, por lo que tiene que volverse a acostumbrar a que Dios sea Dios, vivir con este universo de sentido y ser coherente con su propia identidad de criatura, nunca usurpando el papel del Creador.

¿Dónde encontrar respuesta ante la noche oscura que azota a la humanidad?

Respuestas, respuestas es difícil de encontrar…, al menos que convenzan a todos, aparte de las soluciones científicas o clínicas que tendrán que reparar las consecuencias de esta grave enfermedad que se resiste y que es impredecible la sintomatología que puede presentar, pues aunque se han indicado algunos síntomas no en todos los casos se dan, presentándose cuadros clínicos diferentes. A esto necesariamente antes o después llegaremos puesto que la ciencia obligada por las circunstancias, se ha puesto a trabajar con empeño para darle una salida; cuando llegue habrán sido muchos miles de personas, especialmente ancianos los que habrán fallecido con la compañía única del personal sanitario y de sus cuidadores, que con todo el corazón están a su lado y sufren cada uno de los decesos. Un anciano casi centenario ante el cariño del personal que le atiende expresaba dramáticamente no quiero comer, ha llegado mi fin, solo quiero alimentar mi alma sintiendo tu cariño, abrázame.

La realidad no obstante es mucho más compleja ya que esto no se soluciona solo con una respuesta científica, esta situación pandémica ha puesto en crisis la realidad misma de una sociedad desorientada, utilitaria y sensualista, donde el placer casi es el único vector que la moviliza, defendiendo unos derechos contradictorios con la vida, lejos de la ley natural, donde se violenta casi todo incluido el derecho a la existencia y la inviolabilidad del ser humano, presentando como derechos verdaderos absurdos que van no solo contra la ley divina sino contra las mismas leyes naturales.

Todo este escenario alterado se hace preciso reconducirlo y dar pasos adelante que rehabiliten su verdadera forma, algo que no solo las decisiones económicas o sociales van a hacer posible. Es imprescindible comenzar a vivir como si Dios existiera, hasta el momento la deriva social que desde el siglo XIX había tomado la historia era todo lo contrario, vivir como si Dios no existiera, relegándolo al ámbito de lo privado. Una decisión tal ha llevado a la humanidad no solo a desterrar a Dios sino también a desestimar al hombre. La revolución francesa al entronizar a la diosa razón en Notre Dame de Paris, dio un primer paso que desplazó la centralidad de Dios para poner la razón humana en el centro, pero esta se quedó sin el fundamento que la hacía digna de respeto, y ello tiene como consecuencia obviar la identidad del hombre como imagen y semejanza de Dios. Con esto hemos llegado a una situación en la que el ser humano es solo un ser más en la naturaleza, y aunque ello es cierto hemos de añadir que no solo es un elemento más sino un ser especial con razón y alma, con espíritu y cuerpo, señor de lo creado por designio del Creador, imagen y semejanza de Dios. Soslayar esta singularidad y dignidad del ser humano, cerrar la antropología a la teología ha tenido graves consecuencias, puesto que una vez deslegitimado el Creador, desestimada la criatura principal puesta al frente para llenar la tierra y someterla, el paso siguiente es poner la creación al servicio de unos intereses sórdidos que la violentan, desestabilizando la armonía y la perfección creacional. Así lo indica el Libro Sagrado: dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra. Y añadió: Os entrego todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semilla para sembrar; y todos los árboles que producen fruto con semilla dentro os servirán de alimento; y a todos los animales del campo, a las aves del cielo y a todos los seres vivos que se mueven por la tierra les doy como alimento toda clase de hierba verde. Y así fue. Vio entonces Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno[4]. Quién sabe si el universo, con la fuerza de sus leyes no esté defendiéndose de tanta violencia o acaso reivindique su papel como hogar común de toda la humanidad.

Conclusión.

La sociedad está a tiempo de reconducirse desde unos valores auténticos, unos valores incuestionables para todos, una ética universal que vuelva a estabilizar un universo que tiene su referente en el Dios de la misericordia, creador de todo, poniendo a Dios en su sitio para poner al ser humano en el suyo, y para que la creación entera consiga en armonía con el Creador y el ser humano seguir siendo su hogar cálido y amable, un paraíso terrenal que de acuerdo con sus propias leyes siga ofreciendo sus frutos para saciar a la humanidad y esta a su vez alabar a su Señor. Por lo que la pregunta no es ¿Dónde estás Señor? la pregunta es ¿Dónde estás hombre?

Fr. Luis Valero Hurtado O.H.


[1] Salmo 22, 8-9

[2] Homilía del P. Cantalamessa el Viernes Santo de 2020 en la Basílica de S. Pedro.

[3] Mt 14,30

[4] Gn 1, 28.

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